Patakíes · Los caminos del Odù
1Oshún Ololodí salva al bastardo, secretario de Obatalá
Una princesa, para ocultar su deshonra, puso a su hijo en una cesta a la orilla del río; Oshún Ololodí lo crió. En un pueblo que solo creía en el espiritismo, Obatalá predicó y solo aquel muchacho lo entendió: lo nombró su secretario. Los envidiosos le echaron polvos; Obatalá vio la paloma picoteando la granada, hizo chinimá con granada, carbón y paloma, y el muchacho y todo el pueblo sanaron.
Ésta era una princesa que se enamoró de un plebeyo y todas las tardes, a escondidas de sus padres, se veía con él. Al pasar el tiempo, ella dio un mal paso. El tiempo fue pasando y ella, por mucho que hizo por interrumpir el embarazo, no lo logró; y cuando dio a luz, tratando de ocultar su deshonra, cogió y metió al niño en una cesta, lo puso a la orilla de un río y dijo: «Este niño es un bastardo».
Oshún Ololodí cogió al niño y lo empezó a criar. Había un pueblo en que la gente no creía en nada más que en el espiritismo y no creía en los Santos; y siempre la gente, cuando no tenía una cosa, tenía otra. Así, determinaron ir a mirarse con Orunla, y éste dijo que lo que pasaba era que allí no había Santo, y que allí tenía que llegar el Santo para que todo se acabara; y determinó que Obatalá fuera a ese pueblo y les explicara bien las cosas. Así lo hizo Obatalá.
Llegó a ese pueblo, reunió a la gente y de debajo del brazo sacó un libro que llevaba y empezó a leer. Después que terminó de leer y explicar las cosas, Obatalá expuso: «Yo creo que ustedes no me han entendido». Entonces salió un muchacho y dijo: «Sí, padre, yo sí lo entendí». Y cuando habló, Obatalá dijo: «Sí, es verdad, tú me entendiste, y por ello te nombro mi secretario».
Obatalá se fue y, a partir de ese instante, la gente, con la envidia que le tenían al muchacho, le empezó a echar polvos.
Obatalá volvió, para ver cómo marchaban las cosas. Volvió a reunir a la gente y con la vista trató de buscar al muchacho, que estaba sentado en un lugar aparte, dando la sensación de estar mareado a consecuencia del polvo que le echaron. Obatalá volvió a hablarle a la gente y, cuando terminó, expresó: «¡Qué va, aquí nadie entiende!».
Entonces, al mirar hacia el lugar donde estaba el muchacho, Obatalá observó otro lugar donde había una mata de granada, y en ella una paloma que estaba picoteando una fruta. Obatalá exclamó: «¡Ésa es la solución! Cojan la paloma y traigan una granada». Buscó una jícara, un carbón, rayó la granada, le dio la paloma e hizo chinimá, empezando por Ofún Pakishé, que enseguida se puso bien, y con él todos los habitantes de aquel pueblo.
El Santo lo salvó. Iború, Iboyá, Iboshishé.
Nota: la persona tiene que hacer Santo.
2El bastardo, Maferefún el loro: la envidia, la oratoria y la pérdida de la memoria
El niño de la canasta, hallado por la lavandera del pueblo Ofún Shé, creció apartado y fue el único que entendió los legados de Olofin que explicaba Obatalá, quien lo hizo su secretario. Los envidiosos lo envenenaron con un manjar empolvado; Obatalá, con la memoria fallando y la paloma mensajera entretenida en la granada, se hizo la cruz de granada en la frente, cubrió al muchacho con su manto, y éste le dictó al oído el legado: fue nombrado gobernador, y con el mismo afoshé de sus enemigos los gobernó.
Había una muchacha a la que su familia maltrataba constantemente. Tenía un novio llamado Okana Lobé, pero mantenía relaciones con dos hombres más. Con el tiempo salió en estado y no sabía realmente quién era el padre de su hijo. Ante esta situación, no podía presentarse en casa de su familia, por lo que fue a casa de Orunla, que le dijo: «¡No te puedes sacar ese hijo!».
La muchacha dio a luz, pero puso al niño en una canasta y lo echó al río para que se ahogara; la corriente se llevó la canasta con el niño.
A las orillas de un río que pasaba por un pueblo llamado Ofún Shé se encontraba una mujer lavando su ropa que, al hacerla chocar con una roca, se llevó la sorpresa: era la canasta con un niño adentro. Gritando nerviosamente «¡Ofún Shé, Ofún Shé!», toda la gente del pueblo acudió y vio lo que había encontrado en el río. Tomaron al niño y lo llevaron al pueblo, haciéndose cargo de él.
Ofún Shé era un pueblo extremadamente espiritual, por cuyo concepto pensaban llegar hasta Olofin, que al darse cuenta de esto mandó a Obatalá a ese pueblo, a que les hablara y a que echaran abajo las murallas que habían levantado alrededor del mismo.
Por estos tiempos, el niño abandonado en el río contaba ya con la mayoría de edad, viviendo apartado de todos. Por no saber su procedencia, por algo triste y por la misma razón, le pusieron de nombre Ofún Shé.
Obatalá fue con la misión de Olofin, y Ofún Shé iba muy elegantemente vestido, adornando con plumas de loro su cabeza. Cuando llegó al pueblo, se sabía de memoria el primero de los 3 legados que dio Olofin. Obatalá reunió a todos y empezó a hablarle al pueblo de su fanatismo y de las creencias que tenían. Y al concluir dijo: «Parece mentira que, entre tantos hombres maduros, ninguno haya interpretado mi conversación, y el muchacho es el único que lo hizo». Y se fue.
Pasado un tiempo, volvió Obatalá al pueblo y volvió a reunir a la gente. Al terminar de hablar dijo: «¿Me ha entendido alguien?». Y sucedió como la primera vez: solo Ofún Shé contestó. Y disgustado, dijo Obatalá: «Como solo Ofún Shé puede interpretar lo que yo digo, lo tomo como secretario desde el día de hoy». Y empezaron a trabajar juntos, surgiendo la envidia alrededor de Ofún Shé.
Cuando se acercaba el día de explicar el tercero y último de los 3 legados, Obatalá se dio cuenta de que le fallaba la memoria y mandó un mensaje a Ofún Shé con una paloma. Pero la paloma se entretuvo en el camino, comiendo y picando una mata de granadas. En esto, a Obatalá lo atacaron con bolas de fango que le ensuciaron su vestimenta, escondiéndose detrás de una mata de algodón. Obatalá sancionó a la paloma a pagar con su cabeza la desobediencia. Cogió tres granadas, un melón y una jícara, lo machacó, se hizo una cruz en la frente y siguió para el pueblo.
En el pueblo, la gente quería eliminar a Ofún Shé y le preparó un manjar empolvado. Éste comió golosamente y se sintió mal del estómago. Doblado, llegó hasta donde Obatalá, que tenía su loro gris en el hombro. Éste, al verlo, se engrifó y sus plumas se volvieron rojas. Obatalá se quitó el manto y se lo tiró a Ofún Shé por encima. Éste se enderezó y llegó hasta Obatalá, apoyándose en su bastón, que era el pauyé, y empezó a decirle al oído a Obatalá el legado de Olofin, y Obatalá a explicarlo.
Cuando terminó, le dio de beber agua del río a Ofún Shé. Éste devolvió el daño que había tomado en forma de bolsa, y Obatalá lo hizo gobernador de ese pueblo, entregándole la bolsa y diciéndole: «Toma: con esto tus enemigos quisieron matarte. Sopla esto a los cuatro vientos, para que los gobiernes con su mismo afoshé». Y desde aquel día, la gente de ese pueblo sigue sufriendo una transformación, y Ofún Shé lo gobernó con toda tranquilidad.
Notas: aquí las tripas se retuercen. Se han perdido tres suertes: hacer 3 ebboses seguidos para contrarrestarlo. Obra para la salud: se muele un coral, un azabache e iyefá del signo, se le agrega agua del río y se toma. Para tomar: iyefá, neblina de rocío y jugo de cepa de plátano con bicarbonato de sodio, todas las mañanas.
3Nace la pérdida de la memoria (Obatalá y Agenrón)
Obatalá, profeta de la ciudad de Aké, de tanto saber de memoria comenzó a perderla; Ifá le marcó llevar flor de clavellina de río bajo el gorro. La olvidó en casa al ir a Adowá, donde sus enemigos esperaban su fallo para acusarlo ante Olofin; Agenrón, el loro, corrió con el secreto y llegó a tiempo: Obatalá recordó el mensaje, los arayé fueron presos, y en agradecimiento las plumas del loro figuran en su corona.
En este camino, en la ciudad de Aké vivía Obatalá, el cual era profeta y llevaba mensajes de sabiduría de pueblo en pueblo. Pero resultó que, de tanto andar y saberlo todo de memoria, ésta le comenzó a fallar.
Entonces se fue con su ayudante Agenrón (el loro) a mirarse con Orunmila, y le salió Ofún Shé, donde le dijo Ifá que de tanto saber se cuidara, pues perdería su memoria y, por ende, su ashé. Entonces le marcó rogación con flor de ewaró odó (clavellina de río), que se la pusiera debajo del gorro cuando fuera a dar mensajes.
Así lo hizo; pero resultó que tenía que dar un mensaje en Adowá y se le olvidó lo de la clavellina, dejándola olvidada en su casa. Entonces los enemigos de Obatalá, como sabían que a éste le fallaba la memoria, se reunieron en Adowá para que, cuando se le olvidara el mensaje, acusarlo delante de Olofin y prenderlo, para quitarle su cargo.
Resultó, como dijimos, que él había dejado olvidada la clavellina en su casa y, al dar el mensaje de Adowá, no lo recordaba bien; entonces los enemigos ya estaban listos para apresarlo, cuando Agenrón, que vio que Obatalá había dejado el secreto en la casa, lo cogió y corrió para Adowá, y llegó a tiempo para darle a Obatalá el secreto. Con esto él recordó el mensaje, que era nada menos que enviado por Olofin a los habitantes de esa ciudad, que prendieron a los arayé enemigos de Obatalá.
En agradecimiento a Agenrón, estableció que sus colores (plumas) figuraran en su corona.
Secreto del Odù: para la memoria, rogarse la cabeza con pétalos de clavellina de río y ponerse una pluma de loro en su lerí (gorro o sombrero).
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