1El pobre y el medio peso
Había un hombre en la pobreza que acudió a casa de Orunla. Le salió este Ifá; Orunla le hizo ebbó y lo mandó al río a bañarse, con la advertencia de cuidar que no se le perdiera algo, pues en ello estaba su suerte o su desgracia.
Se fue a bañar y, para no extraviarlo, cargaba medio peso dentro de la boca. Un descuido bastó: se le cayó, y él fue detrás hasta la desembocadura del mar. Ahí lo alcanzó la noche y pidió a Olokun permiso para dormir; Olokun se lo dio, con la indicación de que durmiera sobre los arrecifes.
A la mañana siguiente Olokun quiso saber cómo había pasado la noche, y el hombre respondió que bien. Olokun entonces le mostró unas matas de güira: las de la derecha no hablaban, las de la izquierda sí; y le dijo que tomara aquel camino, porque al llegar a su casa la encontraría cambiada.
De un día para otro aquel hombre prosperó. Un vecino empezó a preguntarle, y de tanto insistir le sacó el secreto, y aseguró que él también podía hacerlo. Sin pasar antes por casa de Orunla a registrarse, se metió al río a bañarse, soltó el medio peso y lo persiguió. Llegado al sitio, al caer la noche le pidió permiso a Olokun para dormir, y Olokun se lo concedió.
Por la mañana le preguntó cómo había dormido, y él respondió que mal: sobre los arrecifes no había manera de descansar. Olokun le dijo entonces: «¿Tú ves aquellas matas de güira? Bueno, las de la derecha no hablan, pero las de la izquierda sí. Tú coges tres de la derecha y tiras una en el momento, otra a la mitad del camino y la otra al llegar a tu casa».
Obedeció, pero no quedó conforme; al tomar aquellas güiras y arrojar la primera, todo se puso oscuro, y con la segunda salieron serpientes y otros animales feroces que acabaron con él, por ambicioso.
Obra: se le pone a Elegbará una pieza de 50 centavos. La persona no debe mirarse en el agua, pues ahí ve la muerte, ni dormir desnuda, ya que un Egun vive con ella.
2Barakoyí y Eyiguei, y los diez centavos
Este camino habla de dos amigos inseparables, tanto en la risa como en el llanto: juntos en las fiestas y juntos en los tragos amargos que le tocan al hombre en la vida.
Barakoyí era práctico y algo rígido en sus tratos, y nunca se metía en lo que no le correspondía. Le repugnaban por igual la envidia y el orgullo; la modestia lo definía. Eyiguei, en cambio, era su opuesto en todo: malhumorado, pendenciero, egoísta, inconforme y sin una pizca de modestia.
Cierto día conversaban sobre lo mal que la estaban pasando y, como cosa del destino, cada uno traía en el bolsillo diez centavos, ni un peso más. Barakoyí le anunció entonces a su amigo que iría a casa de Orunmila a que lo mirara, por si cambiaba su suerte. La respuesta fue: «Bueno, ve tú a gastar tu dinero en esas cosas, que yo con el mío voy a comprar algo para comer».
Ya en casa de Orunmila, éste lo miró y salió este Ifá: debía hacer rogación y luego dejar el pueblo, caminando sin rumbo fijo, porque su felicidad estaba donde quiera que llegara. Orunmila le hizo el ebbó y, como sabía de su pobreza, le regresó los cinco centavos cobrados con estas palabras: «Toma esto, para que tengas algo para el viaje». Cuando Barakoyí se puso en marcha, Orunmila lo despidió con esta bendición: Omá Iré Ki Olodumare Agueó Ki Bogué Ochá Agueó.
Caminó el día entero y buena parte de la noche, hasta dar con un paraje muy vistoso, rodeado de agua por los dos costados: de un lado corría un río y del otro estaba el mar. Traía sed y cansancio, así que usó su sombrero para beber; al inclinarse se le fue de encima la moneda que Orunmila le había entregado.
Terminada el agua, dio gracias a Olofin y a los Oshas por haberlo llevado a un sitio tan divino, donde pudo beber y descansar. Se quedó dormido allí mismo, sobre los arrecifes, y en el sueño sintió que lo jalaban de los pies y lo echaban al mar, entre un sinfín de molestias que no lo dejaban en paz.
Despertó al romper el alba, contento con el descanso, y en eso vio acercarse a una anciana fea, harapienta y desgreñada, que se detuvo a su lado y le preguntó: «Hijo, ¿dormiste bien y no te molestó nadie en este lugar tan solitario?». Contestó que no. La vieja siguió: «Bueno, hijo, yo voy a ayudarte. ¿Tú ves aquella mata de güira que está junto al camino? Coges tres güiras de la derecha: la mayor la tiras cuando te marches de aquí, la segunda cuando estés entrando en el pueblo que encuentres, y la última, la más pequeña, la tiras en el lugar donde vayas a pasar la noche».
Cumplió las indicaciones, y la última güira que arrojó guardaba dentro una gran fortuna; la levantó lleno de asombro y admiración. En poco tiempo se volvió uno de los hombres de mayor nombre y riqueza de aquel pueblo.
Tiempo después regresó de paseo a su antiguo pueblo para saludar a Orunmila y a Eyiguei. Primero visitó a Orunmila y le dejó regalos de valor; luego fue por su amigo, lo abrazó, también le hizo varios regalos y comieron juntos. Eyiguei le confesó que seguía igual, o peor. Barakoyí le narró su odisea y le explicó que su prosperidad venía de la obra que Orunmila le había hecho; le ofreció dinero, y el otro lo rechazó por orgullo y envidia.
Con ganas de imitarlo, le pidió prestados diez centavos y se presentó en casa de Orunmila pretendiendo que le hicieran un ebbó por cinco centavos. Orunmila le aclaró que con esa cantidad no había ebbó posible, que el precio era de cuatro pesos con veinte centavos, y él respondió: «Si yo tuviera $4.20 no me hubiera tomado el trabajo de llegar hasta aquí». Salió sin despedirse y tomó de inmediato el camino que su amigo le había señalado.
Al llegar al paraje entre el mar y el río encontró a la vieja y las matas de güira, con lo que confirmó que su amigo no le había mentido. Se agachó a beber agua, se le cayó la moneda de cinco centavos y soltó maldiciones. Luego se echó a dormir diciendo: «Vamos a ver cuándo llega la vieja hechicera». Se quedó dormido, pero los fenómenos de aquel sitio no lo dejaron descansar.
Con la primera luz vio venir a la anciana. Ella lo saludó al llegar y él respondió entre dientes; la vieja lo notó de inmediato, aunque no hizo comentario alguno y sólo preguntó: «Hijo mío, ¿qué te trae por aquí?». Él soltó: «¿Y a usted qué le importa?». Ella insistió: «Hijo, yo deseo ayudarte». Y él remató: «Pues ayúdeme y no me dé tanta conversación».
La anciana entonces le indicó: «¿Tú ves aquella mata de güira? Cuando te vayas de aquí, coge las de la derecha: la mayor la tiras cuando te vayas, sin mirar para atrás; la mediana la tiras en el pueblo que a poco has de encontrar, y la más pequeña la tiras en el lugar donde vayas a pasar la noche».
Ya de salida, Eyiguei fue por las güiras y notó que las de la izquierda eran de mayor tamaño; dijo: «Ésta se cree que yo soy bobo», y tomó ésas por ser las más grandes. Después invirtió el orden por completo: dejó ahí mismo la más chiquita, dejó la mediana a la entrada del pueblo y, al llegar al sitio donde iba a pasar la noche, arrojó la más grande; de ella salió una serpiente que se le fue al cuello y lo estranguló.
Nota: en este Odù también toman la palabra los muertos. Se reciben Ibeyis y Olokun; se les da comida al mar y al río; a los Ibeyis, comida y fiesta; y se recibe a Ozain para asegurar la suerte en esta vida. Maferefún Ibeyis, Maferefún Olokun.
3Oggún, compadre de Orishaoko, le construye el arado
Rezo: Aboké Koró Kukuté Kukú, Adifafún Oggún, Adifafún Orishaoko, Laró Lebó Ifaradá.
Ebbó: un akukó, etú meyi y eyelé meyi, tierra arada, ashó ará y ashó timbelara, con ekú, eyá, awadó, otí y opolopo owó.
Hubo un tiempo en que Orishaoko andaba harto de tanto trabajar, porque entre más se esforzaba, menos frutos veía. Le pedía ayuda a Olofin sin que Olofin se la diera.
Harto ya de esa vida, y viendo que nada le salía, abandonó la labranza y resolvió irse del lugar donde vivía. Pero un día, saliendo a caminar, llegó a casa de su compadre Oggún y le platicó las penas que traía: su arado era de madera y la tierra estaba dura y reseca por falta de lluvia, de modo que no lograba abrir el surco a la profundidad necesaria.
Oggún le rogó a Olofin que mandara lluvia, y le prometió a Orishaoko fabricarle un arado de hierro. Con ese arado en las manos, Orishaoko pudo trabajar a su gusto y recuperó la alegría.
Orishaoko necesitó de la ayuda de Oggún para alcanzar lo que quería.