Se hizo adivinación para la hormiga soldado (Ijalo), la lombriz (Ekolo) y la mosca (Eshinshin), con el aviso de que la guerra ya venía encima. A Ijalo le correspondía darle a Eshu un chivo junto con un cuchillo; a Ekolo y a Eshinshin, un chivo. Ijalo cumplió; Ekolo se negó. Eshinshin, apenas terminó su ofrenda, se metió a la manigua y levantó ahí, escondida, una casa sin puertas ni ventanas. Para entonces el conflicto ya había estallado. Eshu llevó a las tropas invasoras derecho hacia las hormigas soldado, pero antes les había armado la boca con el cuchillo de aquel sacrificio: ellas buscaron resguardo metiéndose entre las filas del enemigo y, con esa arma, mordían a cualquiera que intentara frenarlas. La lombriz corrió también a esconderse; como lo hizo por en medio de las hileras de hormigas, quedó hecha pedazos por sus cuchillos.
Cuando la pelea empezaba a ceder, unos cuantos vaciaron el palacio del rey y guardaron lo robado en la casa de Eshinshin. Así la acusaron de haberse llevado los bienes reales; en el juicio no tuvo con qué defenderse, la hallaron culpable y le dictaron pena de muerte. Fue entonces cuando Eshu tomó forma de muchacha y le preguntó si nadie le había hecho adivinación. La mosca reconoció que sí había consultado a Orunmila y que no sacrificó, y le rogó que la ofrenda se hiciera en su nombre; quedó cumplida de inmediato. Llegado el día de la ejecución, Eshu movió al hombre de confianza del rey y al jefe del tribunal para que suplicaran clemencia: la falta de la mosca no daba para quitarle la vida. El juez propuso otra salida — que se le advirtiera no volver a habitar la manigua y que en adelante se quedara cerca de donde hubiera dos o más personas asentadas. De ahí viene que las moscas anden en los pueblos hasta el día de hoy. En Igbodu: se anuncia un problema; entregue a Eshu un chivo con un cuchillo y saldrá con vida de cualquier pleito.