Un Obá empleaba a un campesino, cuya esposa era de gran belleza. El Obá, sin que el marido lo supiera, trataba de conquistarla, y ella siempre lo rechazaba.
El campesino visitó a Orunmila para consultarse. Orunmila interpretó la letra y le advirtió: no te dejes cegar, pues lo que se ve no siempre es la verdad. El hombre no le hizo caso.
Más adelante, el Obá escribió a la mujer anunciándole que esa noche llegaría para quedarse con ella. Ella le devolvió el mensaje por el mismo mensajero, tras anotar al reverso una amenaza: si venía, lo mataría. El mensajero perdió la carta en un tramo de fango sin darse cuenta. El campesino pasó por ahí, la encontró y la recogió. Extrajo la hoja del sobre y la leyó, pero la respuesta de su esposa estaba en el reverso y el sobre estaba lleno de barro, de modo que solo vio las palabras del Obá.
Enloquecido, el campesino agarró un machete y se ocultó tras una palmera cercana al sendero que conducía a su casa. Al caer la noche pasó el Obá, y el campesino lo mató a machetazos. Luego corrió a su casa decidido a matar también a su esposa. Llegó furioso, sin anunciarse; la casa estaba a oscuras, la mujer, tomándolo por el Obá, le clavó un cuchillo. Al oírlo gritar descubrió que era su marido. Él le explicó que iba a matarla porque la carta del camino le había hecho creerla infiel.
Ella le preguntó si no había leído lo que ella misma había escrito al reverso, donde amenazaba al Obá de muerte en caso de que se presentara. Él contestó que no, porque el sobre estaba cubierto de fango. Ella rompió en llanto, pero él le dijo con calma: «No llores. Muero contento, porque ahora sé que me amas de verdad».
Juzgar por una parte de la verdad lleva a destruir lo que más se quiere. Los celos y la prisa ciegan, y quien no atiende el aviso de Ifá camina sin ver hacia la desgracia.