Antes de dejar el cielo, Obara She recibió una advertencia: tendría gran prosperidad, pero también muchos problemas a la vez, y debía hacer ebbó. Este se realizaba en Orita Ijaloko, una encrucijada, y llevaba una bolsa de monedas, maíz, ñame molido, un racimo de plátanos y un manojo de ñames. Él lo cumplió y fue ante Dios para que lo bendijera antes de partir.
Cuando llegó a este mundo, cultivó la tierra y ejerció como sacerdote de Ifá, aunque su situación no mejoraba y durante bastante tiempo no pudo permitirse casarse. Llamó a otros awoses para consultar qué hacer y salir de esa situación. Le recomendaron volver a hacer el ebbó, adornar con telas su altar de Ifá, atenderlo con una gallina y ofrecer un coco a su cabeza. La pobreza lo obligó a pedir prestadas las telas. Al sacrificar la gallina, su sangre salpicó una de ellas; más tarde la devolvió a su dueña, una mujer, con bebidas y nueces de kola como compensación.
Una mañana muy temprano, mientras estaba de pie frente a su casa, pasó por allí Seke, la hija del Obá. Intercambiaron saludos y ella le dijo que iba a visitarlo. Él la invitó a entrar, y dentro ella le declaró que venía a proponerle matrimonio, pues se había fijado en que llevaba tiempo sin esposa. Obara She respondió que era un campesino pobre y no podía sostener a una mujer. Ella igualmente insistió.
Pasó cuatro días en su casa, y entonces regresó a la de su padre para comunicarle su decisión: había conocido a un hombre y quería casarse con él. El Obá le dijo que lo trajera al palacio. Seke volvió con Obara She y le transmitió el deseo de su padre. Él se resistía a ir porque su ropa no era digna de presentarse. Ella respondió que nadie lo esperaba en un desfile de trajes lujosos y que no tenía de qué temer. Con esas palabras lo convenció.
En el palacio, el rey lo vio muy apuesto y aceptó la boda al instante. Hizo que sus tesoreros reunieran joyas y las enviaran a la vivienda del novio como regalo para su hija. Añadió que no pedía dote, solo que cada año Obara She le rindiera un homenaje. Tras bendecir a la pareja y rezar por ella, ambos se retiraron.
Seke empezó a comerciar con el dinero que le había dado su padre, y la granja de Obara She comenzó a dar frutos; en poco tiempo levantaron una casa propia. Cuando terminó el año, él escogió los mejores ñames de su cosecha y los mandó al rey, acompañados de plátanos, maíz y nueces de kola. Seke llevó además muchos ñames a vender al mercado, y entre los compradores la hija de Olokun se fijó en ellos, y al saber de qué granja venían, la de Obara She, se propuso conocer a su dueño.
Al quedar vacío el mercado, la hija de Olokun recogió su bolsa y fue hasta el hogar de Obara She, sin que nadie supiera quién era. Antes de irse había despedido a los pajes que la acompañaban, diciéndoles que volvería dentro de cinco días. Después de intercambiar saludos, ella le explicó que su visita era para casarse con él. Obara She contestó que no poseía nada y que era un simple granjero. Ella replicó que la granja era suficiente. A los cinco días se fue, con la promesa de volver con sus cosas.
Cuando volvió con sus bultos y sus bienes, todos descubrieron que se trataba de la hija de Olokun. Entonces le pidió a Seke que dejara de ir al mercado, pues desde ahora comerciaría ella para toda la familia. Obara She se hizo un hombre muy rico, y al ver el rey su prosperidad, lo nombró Shasere y Primer Ministro del reino.
Cumplir el ebbó antes de nacer y seguir adelante con humildad aun en la pobreza abre la puerta de la prosperidad. Quien trabaja con constancia y no se avergüenza de lo que tiene puede recibir más de lo que esperaba, incluso el reconocimiento del propio rey.
En Orita Ijaloko: una bolsa de monedas, maíz, ñame molido, un racimo de plátanos y un manojo de ñames.
Hacer otra vez el ebbó, con maíz, ñames, plátanos en racimo y una bolsa de dinero. Adornar el altar de Ifá con telas y atenderlo con una gallina. Ofrecer un coco a la cabeza.