«Lo que se entrega de balde no trae daño a quien lo recibe; a mí me hará prosperar la suerte ajena»: con esa marca los dos Awoses registraron a Obara Lila cuando salía del cielo hacia la tierra. Le tocaba servir a Ifá con una chiva; a Eshu, un chivo; y a su madre, una gallina con todos los condimentos de cocinar. Cumplió, pidió claridad a su Ángel de la Guarda y bajó. Aquí se hizo mercader y granjero; como prosperó rápido le nacieron envidias, sus tratos empezaron a torcerse y el registro le mandó repetir los mismos sacrificios: la fortuna, le dijeron, seguía esperándolo.
Unos bandidos escondieron un día su botín junto a la granja: tesoros varios, jabas de tela y camas, colmillos de elefante, dinero, plumas de águila y de loro. No tocó nada. En casa consultó a Ifá y supo que a esos ladrones ya los habían capturado y ejecutado; al día siguiente se llevó todo, y con aquello se volvió rico. Fue a pagarles a los sacerdotes con una bolsa de dinero, una chiva y piezas de tela, e Ifá le anunció que aún recogería otro botín. Vendía en Oja-Ajigbomekon Akira, y una mañana halló sobre su tarima colmillos de elefante y vajillas de valor: habían detenido a un ladrón esa madrugada, y al vaciarse el mercado nadie reclamó nada. Volvió a preguntarle a Ifá si podía llevárselo; su riqueza se multiplicó y su prosperidad llegó a proporciones superlativas. Otra vez fue a dar las gracias a los Awoses, y a cada uno le dio un colmillo de elefante, tela blanca y una jaba de dinero. Así se cumplió su destino: enriquecerse de rebote con lo que la suerte le daba a otros. En Igbodu: su fortuna está en la siembra —ñame y maíz— y en el comercio; póngale colmillo de elefante a su altar de Ifá; el hombre debe hacer Ifá, y la mujer casarse con un Babalawo.