El pueblo lo tenía por adivino falso y le montó una trampa con tres casetas: en la primera guardaron oro; en la segunda, prendas y brillantes; en la tercera apostaron a Ogún, machete en mano, con la orden de matarlo si fallaba. Cuando lo mandaron a llamar, Orunmila ya se había mirado: le había salido este Ifá y su ángel le pidió rogación de cabeza, así que se presentó acompañado de su apeterbí y con un cesto de cocos.
Frente a él quedaron las tres casetas, una blanca, otra roja y otra negra. Antes de responder pidió permiso para rogarse la cabeza; los cocos cayeron en Iroso Umbo y dijo: «Mi ángel no quiere que yo muera». Los enemigos lo apuraron a decir qué guardaba cada una, y él contestó: «En la pintada de blanco hay oro; en la roja, prendas; y en la negra está Ogún con su machete para matarme». No hizo falta abrir la caseta negra: Ogún, en cuanto oyó que Orunmila había acertado, salió de un salto, soltó el machete, se postró ante él en moforibale y le dijo: «Mientras el mundo sea mundo, no habrá para usted más guerras, porque yo, Ogún, se las evitaré, y siempre seré su fiel servidor».