Patakíes · Los caminos del Odù
1Obatalá mandó a quitarle Ifá a Ogún
Ogún, cansado de verse sucio mientras Orunmila vivía limpio y rodeado de gente, quiso hacerse Awó. Orunmila le hizo Ifá sin contar con Obatalá; Ogún se forjó tablero y ókpele de hierro y el estruendo llegó hasta Baba: «Ogún no nació para Awó: ¿quién fabricará las armas?». Le quitaron la mano mayor, Ogún salió cortando cabezas — y la bandera blanca de Obatalá le quitó la fuerza.
Orunmila vivía cerca de Ogún, y este, al pasar, lo veía siempre limpio, sentado en su portal: «¿En qué trabaja Orunmila, que nunca lo veo sucio?». Un día, cansado del monte, fue a mirarse y salió este Ifá: «Usted está haciendo una cosa para la que no ha nacido». «Lo que yo quiero es hacer Ifá», dijo Ogún. Al cabo del tiempo, Orunmila le hizo Ifá sin contar con Obatalá; y Ogún, herrero, se hizo un tablero y un ókpele de hierro, ambos de gran tamaño, y se puso a tirar el ókpele con un estruendo ensordecedor.
Obatalá salió a ver qué era aquel ruido, y al saber que Orunmila había hecho a Ogún Babalawo, fue a reclamarle: «¿Por qué no contaste conmigo? ¿No ves que ahora no hay quien fabrique armas, y Ogún no trabaja?». Al otro día Orunmila le pidió a Ogún su Ifá y le quitó de la batea la mano mayor, dejándolo como awofakan. Cuando Ogún lo notó y supo que Obatalá lo había ordenado «porque tú no naciste para Awó», sacó su machete y fue cortando cabezas por el camino. Pero Obatalá, que se había mirado, tenía en su puerta una bandera blanca y una jícara de agua fresca. Cuando Ogún llegó embarrado en sangre, Obatalá le dijo tranquilo: «Está muy bien, pero sabes que al llegar a mi casa tienes que saludarme». Ogún se tiró al piso, la bandera blanca le cayó encima y le quitó la fuerza. Obatalá le dio agua, le devolvió su ókpele — con un poder de Osanyin en la pata que habla — lo bañó con ashibatá y oyú oro, y le dijo: «Yo te doy lo que quieras, pero tú haces falta haciendo armas». Y Ogún siguió forjando, sin ejercer de Awó: no se empecine en aquello para lo que no tiene vocación.
2La soberbia perdió a Obá Odo
El gran río de la tierra Iyekú se jactaba: «Ningún río es tan hondo como yo». Cuando la primavera crecida le trajo las aguas revueltas de los arroyos, los despreció: «Váyanse a las ciénagas con sus aguas sucias». Los arroyos, hijos de Oshún Iyumu, se fueron a comer a otra parte — y el río soberbio se secó hasta quedar en un hilo miserable de agua.
En la tierra Iyekú había un río muy grande y de aguas limpias, soberbio y orgulloso: «Ningún otro río es tan hondo ni tiene la cantidad de agua que yo poseo; las plantas vírgenes crecen en mis orillas, los mejores peces viven en mí, el mar me recibe con placer porque le endulzo sus aguas, y el sol, la luna y las estrellas se miran en mis aguas relucientes». Cuando le dieron los dominios, los sabios vieron escrito en sus arenas este signo y le advirtieron: «La ingratitud es hija de la soberbia».
Llegó la primavera y las aguas del orgulloso Odo comenzaron a moverse: «¿Quién será el atrevido que me revuelve las aguas y el fango?». En vez de ir a ver a Orunmila, salió a buscar al culpable, y encontró un arroyo crecido por la lluvia que le traía aguas amarillentas, hojas y ramas: «Ni tú ni ninguno de tu familia están autorizados a traerme sus aguas sucias. Váyanse lejos, a las ciénagas y a los pantanos». Los arroyos, hijos de Oshún Iyumu, se ofendieron y le dieron las quejas a su madre; ella, herida, los mandó a comer a otros lugares, y los manantiales, hermanos de los arroyos, se fueron con ellos. Obá Odo se quedó sin alimento y fue quedando pobre hasta transformarse en un hilo miserable de agua: charcos donde se pudrían las hojas y los peces, árboles secos en la orilla, pájaros huidos. Ni el sol, ni la luna, ni Iroko volvieron a mirarse en su cauce seco. Y cuando Olokun preguntó por él, Oshún Iyumu respondió: «A Obá Odo lo perdió la soberbia y su ingratitud, porque no se acordó de que cuando nació era Iroso Tunialara».
3Ope, la palma real
Olofin creó a Ope para su descanso y su alegría, y la bendecía mientras ella le rendía saludo. Ogún, celoso, la envenenó con halagos: «Vas a ser más que Olofin». Ope, engreída, le negó el saludo a su creador: «Voy a pasarte por encima». Olofin lloró — y el rayo de Shangó le dobló las pencas para siempre: la palma, por mucho que crezca, nunca llegará al cielo.
Olofin había creado en el mundo un árbol para que le sirviera de descanso y regocijo: Ope, la palma real. Mientras fue pequeña, Olofin le echaba su bendición y ella le rendía moforibale, y Olofin estaba contento con su salud, con su tronco esbelto y su corona verde y abundante.
Ogún se celó de Ope — hubiera querido para sí aquel ashé — y como no podía destruirla, comenzó a rondarla y halagarla: «Qué corona más hermosa y qué cuerpo más esbelto posees; tienes todas las virtudes y todo el ashé de inteligencia del mundo, y por eso vas a ser más que Olofin». Ope se volvió orgullosa y engreída, y un día, viéndose muy crecida, le dijo a Olofin: «No te doy más moforibale, porque voy a ser mayor que tú y te voy a pasar por encima; tú serás quien tenga que venir a pedirme saludo a mí». Olofin comenzó a llorar; y Ope, cada vez más agresiva, no se daba cuenta de que toda la adulonería de Ogún era veneno.
Un día Shangó vio a Olofin llorando en su puerta: «Babá, ¿por qué llora?». Y al oír la historia dijo: «Acuérdese de que cuando le dio corona a Ope, Orunmila dijo que era Iroso Tunialara. No llore más, que voy a arreglar este asunto». Ope también se le encaró — y un rayo fulminante la alcanzó: instantáneamente sus pencas perdieron la fuerza y quedaron plácidas alrededor del tronco, perdida para siempre la corona erecta y radiante. La palma, por mucho que crezca, nunca llegará al cielo.
4Atonda: nada antes de tiempo🔒 Babalawo
5Oshún, Osanyin y la bebida🔒 Babalawo
6La guinea que no hizo ebbó🔒 Babalawo
7El comerciante de gandinga🔒 Babalawo
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