Una madre estaba triste porque su hijo iba a gobernar una tierra extraña, y presintiendo que le pasara algo por la magnitud del cargo, fue a ver a Orunmila. Salió este Ifá: su hijo estaba rodeado de enemigos que lo querían destruir, y había que hacer ebbó. La madre, preocupada, lo hizo enseguida. Cuando se lo contó a su hijo, él le dijo que no temiera: en el viaje lo acompañarían sus mejores amigos, que él mismo había escogido.
Al pasar la comitiva por una cueva, a Iroso Batrupon le tocó entrar primero — y los falsos amigos, que le tenían envidia y mala voluntad por la posición que ellos querían, le taparon la entrada con una gran piedra que ya tenían preparada. No lo mataron: creyeron que encerrado moriría de inanición. Poco después, el mar se embraveció de tal manera que se formó un ras de mar; las aguas invadieron la cueva y con su ímpetu removieron la piedra, y por ahí escapó Iroso Batrupon — gracias a Orunmila, por el ebbó de su madre, y a Yemayá, por haber ayudado con sus aguas.