Awó Aguatara Ifá le entregó a Awó Mayerifa todo el mando de su tierra, con una sola advertencia: cada vez que le diera de comer a Ifá, debía darle de comer a Eshú y a las cuatro esquinas. Pero Awó Mayerifa no sabía hacer nada y nada hizo; los trastornos iban de mal en peor, y él se pasaba la vida triste. Un día, viendo los caminos cerrados, cogió su Ifá, lo echó en dos jícaras, se las amarró a la cintura y se tiró al río.
El pueblo se echó a llorar, a cantar y a tocar la campana. Awó Aguatara Ifá acudió corriendo, presentó dos gallinas al río y les dio su sangre al agua; mandó a la Apetebí a cocinarlas, puso al pueblo de rodillas, y comenzó el canto de Mari Ebó: dio de comer la cabeza — y salió del río el primer ikin; los corazones — y salió el segundo; las mollejas, el pescuezo, el hígado, la pechuga, las alas, el lomo, la huevera, la pelota de ñame, el eko, el oshinshín, el arroz, la harina… y uno a uno fueron subiendo los ikines hasta sostener entre los dedos el dieciséis. Así vino la prosperidad total de la tierra de Awó Aguatara Ifá. Por nada que le suceda en la vida bote a Ifá: lo que la desesperación tira al río, solo la fe y el ebbó lo hacen subir a flote.