Patakíes · Los caminos del Odù
1El guardián del alma
Las deidades mandaron al Ángel de la Guarda a llevarse a las personas: las arrastraba por los pies pasando frente a las casas de todos los Orishas, que nada hacían. Orunmila le vio este Odù y pactó: él colectaría cada año el sacrificio que la cabeza de cada persona requiere y se lo entregaría al guardián. El guardián soltó a la gente — y Orunmila quedó como intermediario del alma.
Las deidades mandaron al Ángel de la Guarda para que se llevara a las personas. Cuando llegó a la tierra, los agarró y, arrastrándolos, pasó por la puerta trasera de la casa de Ogún; ellos gritaban: «¡Ogún, ayúdame, el Ángel de la Guarda me arrastra por los pies!». Ogún preguntó qué sucedía, pero el guardián siguió su marcha, y así pasaron por las casas de todas las deidades de la tierra.
Cuando las deidades salieron, el guardián del alma les explicó el caso. Orunmila lo examinó y le vio este Odù, Iroso She, y le dijo que él colectaría las cosas y que las personas sacrificarían para el guardián del alma. El guardián soltó a las personas, y desde ese día Orunmila colecta todo lo que la cabeza de cada persona requiere como sacrificio cada año y se lo entrega al guardián — que a su vez le entrega a él su parte. Desde entonces la gente también le entrega algo a Orunmila para que sea su intermediario y hable bien de ellos ante las deidades y sus guardianes ancestrales: por eso se dice que Orunmila es el intermediario del alma. Por este Odù hay que hacer Santo o Ifá para no perderse, rogarse la cabeza y dar de comer a los Orishas: la persona está mal con su Ángel de la Guarda.
2Nacieron las imperfecciones
Shangó, dueño del tablero, lo entregó a Orunmila para irse a sus fiestas y mujeres. Sus dos ayudantes despechados sabotearon todo: Elegba tiraba los ebbós donde quería y Osanyin se fue al monte a trabajar en contra. Orunmila llamó a Shangó con las dieciséis piedras de rayo: el monte ardió y Osanyin, que era perfecto, perdió ojo, oreja, brazo y pierna. Orunmila lo curó — y ganó dos servidores fieles.
Shangó era el dueño del tablero donde Orunmila hacía el registro, y tenía dos ayudantes: Elegba, el mandadero que botaba los ebbós, y Osanyin, el que confiaba los secretos de las hierbas. Pero Shangó, por dedicarse a las mujeres y a las fiestas, cada día tenía menos tiempo, y entregó el tablero a Orunmila: «Tú eres el máximo adivino, el único llamado a quedarte con él». Le enseñó su manipulación y le dijo: «Si tienes algún inconveniente, me llamas poniendo dieciséis piedras de rayo en el suelo, dentro de un círculo de pólvora al que darás candela».
Elegba y Osanyin, molestos porque ninguno fue designado, no cooperaban: Elegba no llevaba los trabajos a su destino sino donde le venía en gana, y Osanyin se internó en el monte a trabajar su regla. Todo se volvió desorganización, y Orunmila llamó a Shangó en la forma indicada. Shangó acudió de inmediato, salió a buscarlos, encontró a Osanyin en el monte y desató una tempestad de rayos: el monte se incendió, y Osanyin, que era un hombre perfecto, perdió un ojo, una oreja, un brazo y una pierna. Arrastrándose llegó a casa de Orunmila, donde perdió el conocimiento; al volver en sí, vio con asombro que Orunmila, lejos de abandonarlo, lo atendió y lo curó. Arrepentido, pidió perdón y prometió ser su esclavo. Elegba, al saberlo, vino también: «Yo también lo engañaba; desde hoy usted es el único que tiene poder sobre mí en la tierra». Desde entonces Orunmila tiene a sus dos servidores y ve el resultado de sus obras — y así nacieron las imperfecciones físicas.
3Nace el arte de cocinar
Banga, la palma aceitera, era la divinidad suprema a la que todos consultaban recostados a su tronco. Orunmila le vio este Odù: «Tu último secreto ayudará a los humanos; serás el alimento de Kushé, el espíritu del fuego». Osanyin Aroni llevó al cazador Kushé hasta Banga, que le enseñó a sacar el aceite de los ikines, a cocinar con esa grasa y a hacer el Adé Iná que guarda el fuego.
Desde que Olofin creó la tierra instaló a Banga, la palma aceitera, que había profundizado en los secretos de la vida misma; por eso el espíritu de Ifá se unió a ella. Las personas no conocían a Olofin: cuando deseaban saber cualquier cosa, interrogaban a Banga recostados a su tronco, y ella los orientaba espiritualmente. En esos tiempos ni los hombres ni las bestias morían, y Banga era considerada la divinidad suprema. Fue a ver a Orunmila, que le vio este Odù: «Todo lo tiene la palmera, todo en ti tiene valor para la vida. Haz ebbó — y tu último secreto ayudará a los seres humanos: tú serás el alimento de Kushé, el espíritu del fuego».
Los hombres aprendieron las funciones de las manos, pero no sabían hacer fuego ni mantenerlo. Un cazador llamado Kushé encontró el árbol del fuego y cocinó ñames en sus carbones, y los halló sabrosos. Al volver al monte se encontró con Osanyin Aroni Elesekan — un solo ojo, un solo pie, los cabellos largos y el cuerpo velludo — que lo llevó hasta Banga. Ella le enseñó a tomar las nueces sagradas de menos de tres ojos para sacarles el corojo y el aceite de sus almendras, a cocinar con esa grasa los alimentos, y a preparar el Adé Iná con los peludos de los ikines secos, para coger fuego en el monte y mantener el fuego familiar. A la luz del Adé Iná, Kushé fue iniciado en Ifá y conoció todos los secretos de Banga — pues era hijo de Orunmila con Adamá, la mujer del fuego. Volvió a su tierra con aceite de palma en una hoja de malanga y una estopa encendida, y se hizo Obá. Así aprendieron los primeros hombres a cocinar con grasa y a conservar el fuego, y Banga quedó como el árbol de la vida, que lo adivina todo. Por eso los Awoses iluminan el Igbodun con mechas de ikines antes que con velas.
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