El Awó que adivinó para Orunmila antes de que bajara a la tierra fue Efun fun lere. Le aconsejó no dedicarse al ejercicio de Ifá sino al comercio, y hacer sacrificio para su Ángel de la Guarda con dieciséis palomas, una chiva, tela blanca y doscientos un cauries; a Eshú debía servirle chivo, maíz, ñame y plátano. Todos los sacrificios quedaron hechos antes de bajar.
Ya en la tierra se puso a practicar el Ifismo: como sacerdote era muy efectivo, pero ni tenía vida estable ni prosperaba. La adivinación le dijo que se había apartado del camino de su destino; que decorara su trono de Ifá con tiza blanca y con paño blanco, que sirviera a Olokun con una paloma, con una bolsa de cauries y con dinero y tiza, y a Eshú con un chivo. Recibidos los sacrificios, Olokun se acordó de la promesa hecha en el cielo y mandó a su bella hija, vestida toda de blanco, a buscar en el mercado al hombre vestido de blanco. Se encontraron, se enamoraron al instante, y ella se quedó en su casa, donde todo estaba adornado de blanco; él descubrió quién era ella porque su única comida era la tiza. Cada día de mercado los criados de Olokun traían del cielo cuentas, joyas y colmillos de elefante nunca vistos en la tierra; el Obá de la ciudad le compró a Orunmila a precio de doscientos hombres y doscientas mujeres, y los demás Obases vinieron detrás. Siguiendo al fin el camino de su destino se hizo extremadamente rico — aunque la hija de Olokun no tuvo hijos con él. Por eso a la persona se le manda preparar el trono de Olokun para su Ifá, servir a Eshú con un chivo, y vestirse siempre con ropas de colores claros.