Antes de bajar a la Tierra, Iroso Ojuani agasajó a su Ángel de la Guarda con un carnero y a Eshú con chivo, saco de dinero y cesta de kolá, y prometió volver pronto al Cielo si triunfaba como sacerdote. En la ciudad de Ularin se dedicó al comercio y a Ifá, y tras su partida se desató allí una epidemia de tumores en la garganta que ningún médico resolvía. Lo llamaron; recomendó chiva y gallina a Ifá y chivo a Eshú, preparó la medicina con hojas, sangre de la chiva y el iyerosun de su Ifá, y todos sanaron antes de la mañana. Pero cuando pidió que tomaran el último sorbo con kolá, respondieron que ya estaban curados. Al llegar a casa, Eshú preguntó por esa ceremonia final y proclamó el sacrificio no aceptado: la enfermedad volvió al día siguiente.
Le imploraron que regresara; él exigió un saco de dinero por cada paso desde su casa hasta Ularin, y se lo pagaron. Repitió el sacrificio, todos bebieron —esta vez hasta el ritual final— y la plaga desapareció. Su éxito lo decidió a practicar Ifá a tiempo completo; pero Elenini, la divinidad de los obstáculos, reclamó ante su Ángel de la Guarda la promesa de regresar al Cielo. Elenini provocó un conflicto en un poblado vecino; él lo pacificó con el sacrificio de los 201, y Elenini le envenenó la comida: le brotó el tumor en la garganta. Sus Awoses le dijeron que era su hora, pero que podía prolongar la vida con un carnero padre; mientras rezaba, el carnero saltó, le atravesó la garganta con el tarro, el pus salió a chorros y despertó del coma. Sanó, abandonó la práctica de Ifá, volvió al comercio y a la agricultura, y vivió hasta edad avanzada. Cuando este Ifá sale en Igbodun, se aconseja no practicar la medicina ni el ifismo, si se quiere vivir mucho tiempo.