1El rey que perdía su corona
Un rey vivía de fiesta en fiesta y descuidaba a su gente, que pasaba hambre y necesidades. La inconformidad creció tanto que el rey acabó yendo a consultarse con Orunmila. En su consulta salió este Ifá, que anunciaba una guerra de gran tamaño, con riesgo de derrota para él. Orunmila le indicó que, para librarse, hiciera ebbó y preparara un banquete enorme, abierto a todos los habitantes.
Justo entonces apareció Shangó en el pueblo. Ogún le había dado dos tambores Añá. Se fue a una plaza con ellos y empezó a tocar. Llevaba al cuello un pañuelo rojo, echado hacia adelante, que le tapaba la cara, y nadie sabía quién era. La gente se juntó alrededor para oírlo.
Mientras tanto, el rey notó que su banquete seguía vacío. Envió a sus servidores con trompetas a convocar al pueblo, y aun así no acudía nadie. Uno de ellos le contó la razón: todos estaban entusiasmados escuchando a aquel músico, aunque nadie entendía lo que tocaba.
El rey resolvió ir en persona. Al llegar donde estaba Shangó, este se quitó el pañuelo y afirmó que el rey era él. Enseguida le contó a la multitud la verdad: el rey quería dar de comer no por compasión ante el hambre del pueblo, sino por temor a una guerra enorme que, según sabía, terminaría perdiendo. De ahí viene la idea de que el trono que no se merece con servicio se pierde a pura trompeta.
2El gemelo sin funerales
En Efon Alaye reinó Oba Araisha. Su madre había tenido gemelos, pero la gente del palacio ocultó a uno de ellos, lo mató y lo sepultó en el bosque.
Ya adolescente, Oba Araisha enfermó, y su madre lo condujo ante Orunmila. Orunmila vio este signo y quiso saber dónde estaba el hermano gemelo, a quien nunca se le habían celebrado funerales. Más tarde, ya en edad de mantenerse por sí mismo, Oba Araisha comprobó que no concluía nada de lo que iniciaba. Visitó a Ifá, y Orunmila le señaló que tenía que atender a un muerto cuyo entierro jamás se honró. Él no entendía de qué hablaba; en casa interrogó a su madre, quien le relató lo poco que sabía.
Fue al bosque, al sitio de la sepultura de su gemelo, y ofreció dos pollos. Desde ese sacrificio comenzó a reunir bienes. Con el tiempo deseó casarse, pero las mujeres que pretendía lo despreciaban. Consultó otra vez a Ifá, que le pidió ofrecer un nuevo sacrificio a su hermano. Obedeció, y entonces consiguió esposa e hijos.
Algún tiempo después, el pueblo debía elegir a un nuevo Obá. Oba Araisha quería el cargo, aunque no era el preferido. Acudió a Ifá, donde Orunmila le mandó ofrendar otra vez a su hermano. Así lo hizo, y lo coronaron Obá de su tierra.
Con la corona se prendó de una mujer bellísima que se adueñó de su corazón, y fue dejando de lado al espíritu de su hermano gemelo. Lo visitaba en sueños, pero Oba Araisha lo ignoraba. Al comprobar que lo habían olvidado, el gemelo muerto se transformó en una rata enorme, abrió un túnel bajo tierra hasta donde guardaban la comida y se la comió toda.
Cuando amaneció, la mujer descubrió el daño y se puso a gritar. El Obá le pidió que callara, porque le daría dinero para reponer lo perdido, pero ella continuó. Entonces mandó abrir un hoyo para matar a la rata. Los trabajadores cavaron hasta llegar al lugar del gemelo. El Obá ordenó seguir cavando, incluso más lejos que el bosque. Los animales escaparon; en donde no había sol, este ardía ahora todo el día, y en donde nunca llovía, el agua caía sin cesar. Oba Araisha se enfermó.
Viéndose en ese estado, reunió varias ratas y peces, y también a una jovencita y a un niño que aún no habían madurado, y los ofreció en sacrificio en honor de su gemelo. Pero el difunto no aceptó eso; lo que quería era al propio rey, su hermano. Oba Araisha murió.
Si alguien tiene el mellizo de un difunto, debe atenderlo siempre.
3La paloma en el tablero
Orunmila compartía una casita en la loma con su mujer. Debía salir a realizar un ebbó, y al consultarse apareció este signo, así que le rogó a su esposa permanecer en casa para evitar problemas.
Él partió a trabajar. Ella no obedeció. En plena ceremonia, una paloma bajó hasta su tablero y empezó a arrullar; con eso Orunmila entendió que había sido traicionado. Se dirigió al ave con estas palabras: «To Iban Eshu, mientras exista el mundo, jamás te comeré».
Por esa razón, las palomas se respetan en este odu, y cuando entran en el ebbó se les sujetan las alas, no las patas.
La palabra no se pierde — se abre
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