Había un rey que tenía a su pueblo pasando hambre y miseria y solo se ocupaba de pasar la vida entre fiestas y orgías. La situación se puso tan tirante que decidió mirarse al pie de Orunmila, que le vio este Ifá y le dijo que venía una gran guerra que podía perder; para evitarlo tenía que hacer ebbó y dar una comida muy grande en la que entrara todo su pueblo.
En esos momentos llegó Shangó al pueblo, y Ogún le entregó dos tambores Añá. Shangó se fue al parque a tocar, con un pañuelo rojo amarrado al cuello que le caía delante de la cara para que nadie lo reconociera. La gente del pueblo se puso a oírlo, y el rey, viendo que nadie iba a su comida, mandó a sus súbditos a llamar con trompetas — y nadie venía. Cuando el rey fue a ver por sí mismo y llegó junto a Shangó, este se descubrió y dijo que el rey era él. Y explicó ante todos que aquella comida el rey no la daba porque el pueblo pasara hambre y miseria, sino porque le venía una guerra grande que sabía que iba a perder. Rey que pierde su corona: la que no se gana sirviendo, se pierde sonando la trompeta.