En el pueblo de Ika Roso reinaban el contrabando, el robo y el crimen: el gobernador estaba muy viejo, y sus ayudantes Ogún y Elegba estaban implicados, pero nada se les podía probar. Obatalá, el Obá, decidió entregar el mando a quien moralizara aquella gente. Llegó un desconocido que no hablaba con nadie y se comportaba correctamente: era Osun. Pidió a Obatalá una paloma blanca, orí, omí Olofin y miel. En el monte cortó un tronco de palo moruro, lo lavó con omí Olofin, le dio la paloma, le puso orí y efún, y le dio un gallo a Eshu para que lo ayudara a descubrir a los jefes del desorden. De noche, guiado por Eshu, encontró al grupo: entre ellos estaban Ogún, Elegba y Oshosi — los que dirigían el ejército de Obatalá lo traicionaban, y el contrabando era de armas para hacerle la guerra. A una señal de Eshu, Osun se abalanzó dando golpes con el tronco de moruro; los hombres huyeron creyendo que venían más, y los tres, descubiertos, rogaron que no los denunciara. «Está bien, pero ustedes terminan con el contrabando, los robos y los asesinatos». Llevaron las armas a Obatalá y pactaron con Osun; el pueblo comenzó a andar bien. Cuando Obatalá iba a ofrecerle compartir el gobierno, Osun desapareció. En su honor, Obatalá ordenó adorar y ofrendar todos los años la mata de moruro, y colgó en ella flechas, arcos y lanzas para recordar que gracias a Osun no hubo guerra.
En un pueblo llamado Ika Roso existía el contrabando, el robo y el crimen, ya que el gobernador estaba muy viejo para esas funciones, y sus ayudantes, que eran Ogún y Elegba, estaban implicados, pero no se les podía probar nada.
El Obá de aquel pueblo era Obatalá, que cansado de tanta corrupción decidió entregarle el mando al hombre que fuera capaz de moralizar a aquellas gentes.
Por ese tiempo llegó a dicho pueblo un hombre desconocido por todos, que no hablaba con nadie y se comportaba correctamente. Enterado de lo que allí sucedía, se le presentó a Obatalá y le dijo: «Permítame hacerme cargo del mando de esta tierra, y déme una paloma blanca, orí, un omí Olofin y miel, para arreglarle esta situación». Ese hombre desconocido era Osun.
Obatalá le entregó todo lo que le pidió, con tal de que resolviera aquella situación, y porque le dio la corazonada de que aquel hombre era honesto.
Osun, al salir de la casa de Obatalá, se dirigió al monte, donde se internó buscando un buen tronco de palo moruro, grande y resistente. En eso vio a Eshu y le dio un gallo que llevaba, y le rogó que lo ayudara a descubrir quiénes eran los jefes de todo aquel desorden. Eshu se comprometió a ayudarlo. Osun cortó el palo moruro, lo lavó con omí Olofin, le dio la paloma, y después le puso orí y efún, y regresó para su casa.
Al caer la noche, Osun salió de su casa con el tronco de moruro al hombro, y salió caminando hacia donde Eshu lo guiaba. Al llegar a donde había un buen grupo de hombres, vio entre ellos a Ogún. Osun se iba a dirigir al grupo, pero fue detenido por Eshu, que le dijo: «Espera un poco». Al poco rato llegó Elegba y se unió al grupo. Como Elegba y Ogún eran los que dirigían el ejército de Obatalá, Osun comprendió que ellos lo estaban traicionando, y que así Obatalá nunca podría capturar a ningún delincuente, pues la mayoría del contrabando era de armas — o sea, de arcos, flechas y lanzas — para, en el momento preciso, hacerle la guerra a Obatalá.
A una señal de Eshu, Osun se abalanzó al grupo, comenzando a dar golpes con el tronco de moruro; y aquellos hombres, cogidos de sorpresa, se dieron a la fuga, creyendo que detrás del que daba los palos venían más hombres. Y Ogún, Elegba y Oshosi — que también estaba allí — se quedaron solos, y al verse descubiertos por Osun, le rogaron que no los denunciara ante Obatalá. Osun les dijo: «Está bien; pero ustedes tienen que terminar con el contrabando, los robos y los asesinatos».
Ellos aceptaron, y por orden de Osun le llevaron aquellas armas a Obatalá. A partir de ese momento, Elegba, Ogún y Oshosi hicieron un pacto con Osun, y el pueblo comenzó a andar bien. Obatalá le agradeció a Osun, y cuando se disponía a ofrecerle que compartiera con él la responsabilidad del gobierno, Osun desapareció.
Obatalá, en agradecimiento y honor a Osun, le ordenó a su pueblo que todos los años tenían que adorar y ofrendar la mata de moruro, para así recordar la memoria de aquel hombre desconocido y desinteresado que resolvió la situación de su pueblo. Obatalá colgó flechas, arcos y lanzas en aquella mata, para recordar que gracias a Osun no hubo guerra en su pueblo.