Shangó aspiraba a mayor poder y Orunmila le vio este Ifá: «reinarás en otra tierra, pero hay una trampa: cuando te ofrezcan una silla, sacúdela si es de madera, y si está tapizada, rehúsa sentarte; y para mantener esa suerte, haz rogación de vez en cuando y no andes con muchas mujeres». En una tierra lejana el rey moribundo, viendo a sus ministros disputarse el trono, decretó: «mi sucesor vendrá de otra tierra vistiendo capa roja». Los ministros pusieron bajo el forro del trono una punta de flecha envenenada. Llegó Shangó, el pueblo lo proclamó, y él pidió ser coronado de pie; después se sentó en la silla de la reina y ordenó a cada ministro sentarse en el trono: todos se negaron. Los hizo detener y ejecutar, rompió el forro ante los invitados y quedó pública la traición. Gobernó años — pero olvidó las prédicas de Orunmila, tuvo muchas mujeres, se despreocupó, y los soldados fieles a los ministros ajusticiados tramaron otra trampa en la que cayó: perdió la corona.
Shangó vivía en un pueblo bastante bien, porque ya había pasado sus trabajos para llegar a la posición que disfrutaba; pero aún no estaba conforme, pues aspiraba a disfrutar de un mayor poder, y para ello se fue a casa de Orunmila, quien le hizo un osode, le vio este Ifá y le dijo: «Usted reinará en otra tierra; pero para obtener ese reino tiene que hacer ebbó con dos gallos, una cadena, una trampa, una flecha y una sillita, para que se libre de una trampa que le van a preparar. Cuando le ofrezcan una silla o algo similar para que usted se siente, debe sacudirla si el fondo es de madera; y si está tapizada, debe rehusar por todos los medios sentarse en la misma, para que sus enemigos no logren vencerlo. Y para que usted mantenga esa suerte que Ifá le predice, tiene que hacer rogación de vez en cuando y no andar con muchas mujeres».
Shangó hizo su ebbó y salió a caminar en busca de la suerte que Ifá le predecía.
Sucedió que en una tierra algo distante de la tierra de Shangó, el rey se enfermó de gravedad; y viendo que todos sus ministros aspiraban a sucederle en el trono, y con la intención de que no se destruyeran unos a otros y con ello se perjudicara su pueblo, los reunió y les dijo: «Mi sucesor vendrá de otra tierra, vistiendo una capa roja». Acto seguido, el rey ordenó dictar un edicto dando a conocer a todo el pueblo su última voluntad.
Días después el rey murió, y los ministros se confabularon para matar al extranjero que se presentara a reclamar el trono. Para ello levantaron el forro del asiento, pusieron parada una punta muy fina de una flecha envenenada, y la cubrieron con el forro del asiento del trono, para que cuando se fuera a sentar se pinchara y muriera.
Llegó Shangó a aquella tierra, y el pueblo, al verlo, lo proclamó heredero de la corona y lo llevaron a palacio. Shangó, como hombre inteligente, seleccionó de entre aquella gente a los más jóvenes y fuertes, y les ordenó que se armaran con cuantas lanzas y flechas encontraran, por cuanto ellos eran su escolta de confianza.
El día de la coronación, el palacio estaba muy concurrido con los invitados de otras tierras y de las provincias del reino, y los ministros le indicaron que se sentara en el trono para proceder a la ceremonia de coronación. Shangó les contestó: «Yo prefiero que ustedes me coronen de pie».
Así se hizo; y ya Shangó coronado rey, se dirigió hacia el trono, y para asombro de todos no se sentó en el mismo, sino que lo hizo en el que le correspondía a la reina, en caso de que el rey fuera casado.
Shangó llamó a los ministros del extinto monarca, y al que estaba más cerca de él le ordenó que se sentara en el trono a su lado; pero este se negó a obedecerlo, alegando que él no merecía tanto honor. El segundo, el tercero, y así todos se negaron a obedecerlo. Y Shangó ordenó a su escolta que los detuvieran y los mataran a todos; y después, en presencia de todos los invitados, ordenó que rompieran el forro, y así se hizo pública la traición que le tenían preparada.
Shangó gobernó algunos años; pero se olvidó de las prédicas de Orunmila y comenzó a tener muchas mujeres y se despreocupó. Y como en aquel palacio aún había soldados simpatizantes de algunos de los ministros ajusticiados, estos tramaron otra trampa, en la que cayó y perdió la corona.