El ologbo (el gato) era comerciante y tenía mucho dinero, además de criados y criadas: las etú (guineas). Un día dio en castigar a sus criadas y azotó a una de ellas; la guinea escapó volando y fue a refugiarse en casa de Obatalá. Él estaba lavándose la cara con agua y jabón, y al salpicarla con la espuma aquel plumaje negro suyo se quedó jaspeado de manchas blancas.
Cuando Obatalá reparó en ella, le preguntó: «¿A ti qué te sucede, que estás tan asustada?». La guinea le refirió todo lo malo que había pasado en casa del gato y le pidió que la tomara por ahijada, a lo que Obatalá accedió. Así fue como ella se quedó a vivir con él, que hasta le dispuso un cuarto para ella.
Tres días más tarde el gato se apareció en aquella casa preguntando por su criada. Obatalá le respondió: «Yo no sé nada de lo que me dices; entra, para que me lo expliques mejor».
Adentro el gato vio una guinea, pero con las manchas del plumaje no cayó en la cuenta de que fuera la suya, y le planteó: «Babá, me han dicho que hace tres días llegó a esta casa una de mis criadas, que abandonó mi casa». Obatalá, que ya le había dicho a la guinea que era su padrino, le contestó: «La única guinea que hay aquí es esta, y hace mucho tiempo que vive aquí, porque es mi ahijada».
Ahí se enredó la porfía entre el gato y Obatalá. Como nada podía comprobarse, Obatalá exigió daños y perjuicios, y al preguntársele qué quería respondió: «Por cada pelo que tiene, quiero un saco de oro». De aquel pleito le llegó la riqueza a Obatalá y la ruina al gato comerciante. Desde entonces las guineas llevan pintas blancas.
Nota: a la persona la envidian; ha de cuidar aquello que en ella representa buenas cualidades.