1Obatalá, el gato y la guinea
El gato era un comerciante con mucho dinero, y sus criadas eran las guineas. Un día azotó a una de ellas, y la guinea salió volando a refugiarse en casa de Obatalá, que lavándose la cara con agua y jabón la salpicó de espuma: su plumaje negro quedó jaspeado de manchas blancas. Obatalá la aceptó como ahijada y le preparó una habitación. Al tercer día llegó el gato preguntando por su criada; al entrar vio una guinea, pero no la reconoció por las manchas. «La única guinea que hay aquí es esta, y hace mucho tiempo que vive aquí, porque es mi ahijada», dijo Babá. El gato entró en porfía con Obatalá, y no pudiéndose comprobar nada, Obatalá reclamó daños y perjuicios: «por cada pelo que tiene, quiero un saco de oro». De ahí le vino la riqueza a Obatalá y la ruina al gato comerciante. Desde entonces las guineas tienen pintas blancas — y la persona de este Ifá es envidiada.
El ologbo (el gato) era un comerciante que tenía mucho dinero, criados y criadas, que eran las etú (guineas). Un día el gato comenzó a castigar a sus criadas y azotó a una de ellas, por lo que la guinea salió volando y se refugió en casa de Obatalá; y este, que se estaba lavando la cara con agua y jabón, la salpicó con la espuma, y ella, que era negra, se le quedó su plumaje jaspeado de blancas manchas.
Obatalá, al ver a la guinea, le preguntó: «¿A ti qué te sucede, que estás tan asustada?». Ella le contó todo lo malo que había vivido en casa del gato, y le pidió que fuera su padrino — cosa esta que Obatalá aceptó. Y así la guinea se quedó viviendo en la casa de Obatalá, y este le preparó una habitación para que viviera allí.
Al tercer día se presentó el gato en casa de Obatalá preguntando por su criada. Obatalá le contestó: «Yo no sé nada de lo que me dices; entra, para que me lo expliques mejor».
Cuando el gato entró en casa de Obatalá vio a una guinea, pero no reconoció que fuera la suya, por causa de las manchas en su plumaje. El gato le dijo: «Babá, me han dicho que hace tres días llegó a esta casa una de mis criadas, que abandonó mi casa». Como Obatalá le había dicho a la guinea que él era su padrino, le dijo al gato: «La única guinea que hay aquí es esta, y hace mucho tiempo que vive aquí, porque es mi ahijada».
El gato entró en porfía con Obatalá; y no pudiéndose comprobar nada, Obatalá reclamó los daños y perjuicios, y como le preguntaron qué quería, este dijo: «Por cada pelo que tiene, quiero un saco de oro». De ahí le vino la riqueza a Obatalá, y la ruina al gato, que era comerciante. Desde entonces las guineas tienen pintas blancas.
Nota: la persona es envidiada, debiendo tener cuidado con las cosas que significan buenas cualidades para ella.
2La maldición y la mariposa
Un joven, hijo de la tiñosa, estaba enamorado de la mariposa y no sabía cómo enamorarla. La mariposa, zalamera, volaba de flor en flor y poseía un pito que nunca soltaba. En un descuido, el joven se lo robó para chantajearla, y se lo dio a guardar a su madre. Eshu, escondido entre las hierbas, le dijo a la mariposa: «el ladrón fue el hijo de la tiñosa, pero tienes que ir donde Orunmila para evitarte una desgracia lamentable». Caprichosa, no hizo caso: vigiló la casa, habló con la tiñosa y le exigió el pito, y la tiñosa, asustada, se lo devolvió. El hijo, al saberlo, le faltó gravemente el respeto a su madre, y viéndose defraudado comenzó a maldecirse: «ojalá nunca tenga paradero fijo, ojalá mi comida esté podrida, ojalá todos me desprecien por apestoso». Obatalá, que entraba, sentenció: «hijo, así será». Y la mariposa, que volvía contenta con su pito, fue señalada por Eshu — burlado por su desobediencia — a unos muchachos, que la persiguieron con chuchos de flor en flor hasta matarla. Marca falta de respeto a la madre, malas artes para conseguir los favores de una mujer, y la persona incrédula que se maldice.
Era un joven que se enamoró de la mariposa, pero nunca le decía nada, y no sabía cómo enamorarla. La mariposa era muy zalamera y siempre estaba volando de flor en flor; poseía un pito que nunca soltaba, pues lo llevaba dondequiera que iba. Un día el joven, que era hijo de gunugún (la tiñosa), cuando iba para sus labores habituales vio a la mariposa posada en una flor, y en un descuido de esta le robó el pito, para utilizarlo como chantaje y ver si de esa forma la mariposa lo aceptaba. Cuando regresó a su casa, le dio a su mamá gunugún el pito para que se lo guardara.
La mariposa inmediatamente se dio cuenta de la desaparición de su pito, y Eshu, que estaba escondido entre las hierbas, salió en su defensa y le dijo: «El ladrón de tu talismán fue el hijo de la tiñosa; pero tienes que ir a casa de Orunmila para que te evite una desgracia lamentable».
La mariposa, que era caprichosa, no hizo caso de la advertencia de Eshu, por lo que no fue a registrarse con Orunmila. Lo que hizo fue ponerse a vigilar la casa de la tiñosa, y cuando vio que el hijo de esta se había marchado, tocó a la puerta, habló con la tiñosa y le contó que su hijo le había robado su pito, y le exigió que se lo devolviera. Y la tiñosa, asustada, se lo devolvió.
El hijo de la tiñosa, al regresar de su trabajo, pensó llevar a cabo sus planes para atraer a la mariposa, por lo que le pidió el pito a su mamá. Ella le respondió: «La mariposa vino a reclamarlo, acusándote de ladrón, y yo se lo entregué». El hijo se incomodó y entró en graves faltas de respeto con su mamá, diciéndole: «¿Quién te mandó a entregarle el pito a la mariposa? Eres una facultosa y atrevida».
Y el hijo de la tiñosa, viéndose defraudado en sus aspiraciones, comenzó a maldecirse, diciendo: «Ojalá que nunca tenga paradero fijo; ojalá que cuando encuentre mi comida ya esté podrida; ojalá que todos me desprecien por apestoso».
En ese momento Obatalá entraba en casa de la tiñosa, y al oír al joven maldiciéndose, le dijo: «Hijo, así será. To iban Eshu».
La mariposa, que había salido muy contenta de casa de la tiñosa porque había recuperado su pito, regresaba por el camino; y Eshu, al verla, comprendió que no había ido a registrarse con Orunmila porque era desobediente, y sintiéndose burlado, pensó en darle su merecido. En esto avanzaban unos muchachos por el camino, y Eshu se la señaló; ellos se armaron de chuchos y la persiguieron de flor en flor, hasta que la mataron.
Nota: marca falta de respeto y desconsideración con la madre. La persona se vale de malas artes para conseguir los favores de una mujer. La persona, cuando no logra sus propósitos, se maldice — por eso está atrasada. La persona es incrédula y no oye consejos.
3El hombre incrédulo
Un hombre incrédulo fue a verse con Orunmila, le salió este Ifá y le mandó ebbó; lo hizo, y empezó a comprar productos en el campo para revenderlos en la plaza. Prosperó tanto que compraba las cosechas enteras. Pasó el tiempo y no se acordaba de Orunmila. Elegba se disfrazó y fue a hablar con el acaparador: «¿ya usted no se acuerda del viejo que le hizo el ebbó cuando estaba pobre?» — y el hombre dijo que no se acordaba. Entonces Elegba le echó daño y basura a los granos y viandas: se picaron con bichos, la gente no le compró nada, y perdió todo lo almacenado. Volvió donde Orunmila: le salió de nuevo este Ifá, le hizo ebbó y le dijo: «vas a volver a prosperar, pero te costará trabajo, y no te puedes olvidar de los santos». Orunmila le entregó a Elegba y lo consagró como omo Ifá (Ikofafún), y poco a poco volvió a ser el almacenista de viandas y granos de aquel pueblo.
Había un hombre incrédulo, y un día fue a verse con Orunmila y le salió este Ifá, que le mandaba a hacer ebbó. Él lo hizo, y después empezó a comprar productos en el campo para revenderlos en la plaza, y prosperó tanto que compraba las cosechas enteras y las vendía a los revendedores.
Pasó el tiempo, y el hombre no se acordaba de Orunmila. Un día Elegba le dijo a Orunmila: «¿Qué es de la vida del almacenista que compra todas las cosechas de los campesinos?». Y Orunmila le dijo: «Ese es uno que ya no se acuerda de mí». Elegba se disfrazó y se fue a hablar con el acaparador, y le dijo: «¿Ya usted no se acuerda del viejo que le hizo el ebbó cuando usted estaba pobre?». Y el hombre le dijo que no se acordaba. Entonces Elegba le echó daño y basura a los granos y viandas, y se le empezaron a picar por los bichos; y cuando la gente fue a comprarle sus mercancías, vieron que estaban picadas y no le compraron nada, y de inmediato perdió todo lo que tenía almacenado. Y viéndose tan mal, fue de nuevo a casa de Orunmila.
Este volvió a mirarlo, y de nuevo le salió este Ifá, y le volvió a hacer ebbó y le dijo: «Vas a volver a prosperar, pero te costará trabajo, y no te puedes olvidar de los santos».
Orunmila le entregó a Elegba y lo consagró como omo Ifá (Ikofafún), y poco a poco el hombre se fue levantando de nuevo, y volvió a ser el almacenista de viandas y granos de aquel pueblo.